– No os conozco, sir.

– Por la gracia de los dioses, la provincara quizá se acuerde de mí. Una vez fui paje, aquí. -Abarcó su entorno con un ademán ciego-. En esta casa. Cuando vivía el antiguo provincar. -Lo más próximo a un hogar que había abandonado, suponía. Cazaril estaba indeciblemente cansado de ser un forastero en todas partes.

Las cejas grises se alzaron.

– Preguntaré a la provincara si desea veros.

– Eso es lo único que pido. -Lo único que se atrevía a pedir. Se hundió de nuevo en el banco y enlazó los dedos mientras el castellano regresaba al torreón principal.

Tras varios minutos de suspense insoportables, espiado de soslayo por los sirvientes que pasaban junto a él, Cazaril levantó la cabeza ante la reaparición del alcaide. De Ferrej lo estudió con humorismo.

– Su Gracia la provincara os concede una entrevista. Seguidme.

Tenía el cuerpo entumecido después de haber pasado tanto tiempo sentado a la intemperie; trastabilló ligeramente, y maldijo su traspié, mientras seguía al alcaide al interior. Apenas si necesitaba guía. El plano del lugar regresó a él, abriéndose paso en su recuerdo con cada recodo que doblaba. Cruza este vestíbulo, al otro lado de aquellas baldosas con dibujos azules y amarillos, sube esta escalera y esa otra, atraviesa una cámara interior encalada y ahí está la habitación del ala occidental que siempre ha preferido para sentarse a esta hora del día, donde goza de más luz para su bordado, o para leer. Hubo de agachar un poco la cabeza para cruzar el umbral, algo que nunca había tenido que hacer antes; parecía que ése era el único cambio. Aunque no es la puerta la que ha cambiado.

– Aquí está el hombre que habéis mandado llamar, vuestra gracia -anunció el castellano, con voz neutral, rehusando reafirmar o desmentir su supuesta identidad. La viuda provincara estaba sentada en una amplia silla de madera, acolchada para alivio de sus huesos envejecidos.



25 из 277