Y, durante todo ese tiempo, los ataques de llanto inconsolable. Lloraba cuando le traía la cena un acólito. Cuando salía el sol. Cuando se ponía. Cuando lo sobresaltaba un gato. Cuando le ayudaba a acostarse. En cualquier momento, sin motivo-. Me acogieron en el Templo Hospital de la Piedad de la Madre. Me sentí un poco mejor cuando se me hubieron secado las lágrimas casi por completo -y los acólitos decidieron que no estaba loco, simplemente nervioso-, me dieron algo de dinero y caminé hasta aquí. Llevo tres semanas caminando.

En la estancia imperaba un silencio sepulcral.

Alzó la mirada, y vio que la rabia había tensado los labios de la provincara. El terror le atenazó el estómago vacío.

– ¡Era el único sitio en el que podía pensar! -se apresuró a disculparse-. Lo siento. Lo siento.

El castellano exhaló y se incorporó en su asiento, mirando fijamente a Cazaril. La compañera de la dama tenía los ojos abiertos de par en par.

Con voz vibrante, la provincara declaró:

– Eres el castelar de Cazaril. Deberían haberte dado un caballo. Deberían haberte ofrecido una escolta.

Cazaril agitó las manos en atemorizada negativa.

– ¡No, no, mi señora! Era… era suficiente. -Bueno, casi. Comprendió, tras un parpadeo tembloroso, que la ira de la dama no iba dirigida contra él. Oh. Se le hizo un nudo en la garganta y la habitación se tornó borrosa. No, otra vez no, aquí noRaudo, añadió-: Era mi deseo ponerme a vuestro servicio, señora, si creéis que puedo seros útil. Admito que… no puedo hacer gran cosa. Todavía.

La provincara se acomodó, con la barbilla ligeramente apoyada en la mano, y lo estudió. Transcurrido un momento, dijo:

– Tocabais muy bien el laúd, cuando erais paje.

– Ah… -grajeó Cazaril, intentando cubrir una mano encallecida con la otra por un espasmódico instante. Sonrió con renovado pesar y las exhibió brevemente sobre las rodillas-. No creo que ahora pudiera, mi lady.



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