La dama se inclinó hacia delante; su mirada se demoró un momento en la zurda mutilada.

– Ya veo. -Volvió a reclinarse, con los labios fruncidos-. Recuerdo que solías leer todos los libros que había en la biblioteca de mi marido. El oficial de pajes siempre andaba quejándose de ti por ese motivo. Le dije que te dejara en paz. Aspirabas a componer poemas, según creo recordar.

Cazaril no estaba seguro de que su mano derecha pudiera cerrarse en torno a una pluma, en esos momentos.

– Creo que Chalion se libró de una plaga de poesía infecta cuando me enviaron a la guerra.

La provincara se encogió de hombros.

– Vamos, vamos, castelar, tu solicitud de empleo es desalentadora. No sé si la pobre Valenda tiene vacantes en las que ocuparte. Has sido cortesano, capitán, alcaide, correo.

– Dejé de ser un cortesano el día que murió el roya Ias, mi lady. Y capitán… ayudé a perder la batalla de Dalus. -Y me pudrí durante casi un año entero en las mazmorras de la royeza de Brajar, después de aquello-. Alcaide, en fin, sucumbimos al asedio. En cuanto a lo de correo, casi me ahorcan por espía. En dos ocasiones. -Reflexionó. Y las tres veces que le habían aplicado torturas quebrantando los tratados-. Ahora… ahora, bueno, sé cómo se gobiernan los remos de un barco. Y cómo cocinar la rata de cinco maneras distintas.

A decir verdad, ahora mismo no le diría que no a un buen plato de rata.

No sabía qué inferir de la expresión de la provincara, de aquellos ojos ancianos que sondeaban su alma. Quizá fuera cansancio, pero esperaba que fuese apetito. Estaba casi seguro de que era hambre, porque al final la mujer esbozó una sonrisa maliciosa.

– Acompáñanos a la cena, en ese caso, castelar, aunque me temo que nuestro cocinero no podrá ofrecerte rata. No es la temporada, en la pacífica Valenda. Consideraré tu petición.

Cazaril asintió dando las gracias en silencio, temiéndose que se le quebrara la voz.



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