
El capitán hizo una seña a su portaestandarte, un… camarada, ancho de hombros, que fijó el mástil de su pendón en el doblez de su codo y rebuscó en su bolsa. Tanteó, buscando sin duda una moneda cuya denominación fuera adecuadamente modesta. Sacó a la luz un par de piezas, sujetas entre los dedos, cuando se revolvió su caballo. Una moneda -un real de oro, no una vaida de cobre- escapó a su presa y cayó al lodo. Hizo ademán de ir tras ella, horrorizado, pero se contuvo. No podía desmontar delante de sus compañeros para escarbar en el fango y recuperarla. No era igual que el campesino por el que habían tomado a Cazaril: para consolarse, levantó la barbilla y esbozó una sonrisa agria, a la espera de que Cazaril se zambullera ansioso y ridículo en pos de aquel inesperado golpe de suerte.
En vez de complacerlo, Cazaril hizo una reverencia y entonó:
– Quela Dama de la Primavera prodigue sus bendiciones sobre vos, joven señor, del mismo modo que habéis prodigado vos vuestra fortuna con un simple vagabundo, y con la misma disposición.
Si el joven hermano soldado hubiera tenido más luces, bien podría haber encontrado sentido a esta mofa y Cazaril, el aparente campesino, se habría ganado con toda justicia un trallazo de su fusta en el rostro. La posibilidad parecía remota, a juzgar por la bovina expresión que exhibía el hermano, aunque el capitán había fruncido los labios, exasperado. Pero se limitó a mover la cabeza e indicar a su columna que reanudara la marcha.
Si el portaestandarte era demasiado orgulloso para revolcarse en el fango, Cazaril estaba demasiado cansado. Esperó hasta que hubo pasado el tren de equipaje, una recua de mulas y criados que cerraban la comitiva, antes de acuclillarse con esfuerzo y rescatar la pequeña chispa del frío charco en que se había convertido la huella de un caballo. Sintió cruelmente tirantes los apósitos de su espalda. Dioses. Me muevo como un viejo.
