
La cámara se encontraba en el viejo torreón reservado para los huéspedes de honor, más porque en ella habían pernoctado varios royas históricos que porque fuese excesivamente cómoda; Cazaril había servido a sus ocupantes cientos de veces. La cama tenía tres colchones, de paja, de plumas y de vellón, y estaba cubierta por las sábanas más suaves y una colcha confeccionada por las damas de la casa. Antes de que el paje le hubiera abandonado, llegaron dos doncellas portando agua para lavarse, agua potable, toallas, jabón, una ramita para los dientes y un camisón con bordados, con su gorro y sus zapatillas. Cazaril había planeado dormir sin quitarse la camisa del difunto.
Era demasiado, de repente. Se sentó en el borde de la cama con el camisón en las manos y prorrumpió en desgarradores sollozos. Tragó con dificultad e hizo una seña a los nerviosos sirvientes para que se marcharan.
– ¿A ése qué le pasa? -oyó que preguntaba la voz de una de las doncellas, mientras sus pasos se perdían en el pasillo, y las lágrimas se le metieron en la nariz.
El paje respondió, repugnado:
– Será algún loco, supongo.
Después de una breve pausa, la voz de la doncella flotó apagada hasta la estancia:
– Bueno, entonces aquí se sentirá como en casa, ¿no?
3
Los sonidos de la casa agitándose -las voces en el patio, el lejano entrechocar de los peroles- despertaron a Cazaril al gris que precedía al amanecer. Abrió los ojos presa por un momento de una desorientación aterradora, pero el tranquilizador abrazo del lecho de plumas lo devolvió a un somnoliento reposo. Nada de duros bancos. Nada de subidas y bajadas. Nada de movimiento en absoluto, oh, cinco dioses, aquello parecía el paraíso. Qué calor en la espalda surcada de cicatrices.
