
La provincara estudió sus rasgos de soslayo, a la luz de los lujosos racimos de velas que tanto le habían gustado siempre.
– ¿Cuántos años tenéis, castelar? Creo que rondabais los trece cuando vuestro padre os puso al servicio de mi querido provincar.
– Más o menos esa edad, sí, vuestra gracia. Ahora tengo treinta y cinco.
– Ja. Pues deberías haberte afeitado esas desagradables greñas que te cubren la cara. Te echan quince años encima.
Cazaril pensó en responder que una temporada en las galeras roknari envejecería a cualquiera, pero se reprimió. En vez de eso, respondió:
– Espero que mis divagaciones no enojaran al róseo, mi lady.
– De hecho, creo que conseguisteis que el joven Teidez se parara a reflexionar. Toda una novedad. Ojalá su tutor lo consiguiera más a menudo. -Tamborileó los delgados dedos brevemente sobre el mantel y apuró su diminuto vaso de vino. Cuando lo hubo posado de nuevo, añadió-: No sé en qué posada infestada de chinches os alojaréis en la ciudad, castelar, pero enviaré un paje para que recoja vuestros enseres. Pasaréis aquí la noche.
– Gracias, vuestra gracia. Acepto vuestra gratitud. -Y presteza.Gracias a los dioses, oh, cinco veces cinco, lo habían acogido, al menos temporalmente. Vaciló, azorado-. Pero, ah… no será necesario que molestéis a vuestro paje.
La dama arqueó una ceja en su dirección.
– Para eso están. Como bien recordaréis.
– Sí, pero… -Sonrió fugazmente y se señaló a sí mismo con las manos-. Éstos son mis enseres.
Al reparar en su dolida expresión, matizó débilmente:
– Tenía aún menos cuando bajé de la galera ibrana en Zagosur. -Llevaba encima unos calzones cubiertos de mugre, y costras. Los acólitos habían quemado el andrajo en cuanto tuvieron ocasión.
– En tal caso, mi paje -dijo la provincara, con voz precisa, sosteniéndole la mirada-, os escoltará a vuestros aposentos. Mi lord castelar. -Cuando hizo ademán de incorporarse, y su prima compañera se apresuró a ayudarla, añadió-: Hablaremos de nuevo mañana.
