
– Ciertamente, mi lady.
– En realidad, la espada se la he pedido a papá. Es la segunda mejor que tiene. Dijo que sería un honor para él prestárosla. -Le dedicó una mirada sumamente interesada-. ¿Es verdad que estuvisteis en la última guerra?
– Eh… ¿en cuál?
– ¿Habéis estado en más de una? -Abrió los ojos de manera desorbitada; los entrecerró.
En todas las que se han librado en los últimos diecisiete años, me parece.Bueno, no. La campaña fallida más reciente contra Ibra había tenido lugar mientras él languidecía en las mazmorras de Brajar, y también se perdió aquella imprudente expedición que había enviado el roya en apoyo de Darthaca porque estaba ocupado padeciendo las ingeniosas torturas del general roknari con el que había negociado tan ineptamente el provincar de Guarida. Aparte de esas dos, suponía, no había habido una sola derrota en los diez últimos años en la que no estuviera él presente.
– Aquí y allá, a lo largo de los años -respondió, vagamente. Fue súbita y horriblemente consciente de que entre su desnudez y los ojos de la doncella no mediaba más que una fina capa de lino. Se encogió, cruzando los brazos sobre el estómago, y esbozó una débil sonrisa.
– Oh -dijo la muchacha, al reparar en su gesto-. ¿Os he incomodado? Pero si papá dice que los soldados no saben lo que es la modestia, porque tienen que vivir todos juntos en el campo.
Volvió los ojos al rostro de Cazaril, que se estaba sofocando.
– Pensaba más bien en vuestra modestia, mi lady.
– No pasa nada -fue la risueña respuesta.
No se marchó.
Cazaril señaló el montón de ropa.
