– No querría molestar a la familia durante la celebración. ¿Estáis segura…?

Betriz entrelazó las manos en gesto solemne e intensificó la mirada.

– Pero debéis asistir a la procesión, y debéis, debéis, debéis asistir a la representación del Día de la Hija en el templo. La rósea Iselle interpreta el papel de la Dama de la Primavera este año.

Saltó sobre la punta de los pies, obcecada.

Cazaril sonrió mansamente.

– Muy bien, si os complace. -¿Cómo podría resistirse a este deleite apremiante? La rósea Iselle debía de estar a punto de cumplir los dieciséis; se preguntó cuántos años tendría lady Betriz. Demasiado joven para ti, viejo camarada.Pero sin duda podía observarla con una apreciación puramente estética, y dar gracias a los dioses por los dones de su juventud, su belleza y su brío por estrafalariamente distribuidas que estuvieran esas virtudes. Iluminando el mundo como si fueran flores.

– Además -apostilló lady Betriz-, la provincara os invita.

Cazaril aprovechó la ocasión para encender su vela con la de ella y, sugiriendo que era hora de que se fuera y le dejara vestirse, le entregó la llama encerrada en el orbe de cristal. La doble luz que acentuaba la hermosura de la joven sin duda erosionaba la suya. Acababa de darse media vuelta para marcharse cuando Cazaril se acordó de la prudente pregunta que había formulado la noche anterior y se había quedado sin respuesta.

– Esperad, mi lady…

Betriz giró en redondo exhibiendo una expresión de radiante inquisición.

– No pretendía molestar a la provincara, ni preguntar delante del róseo ni la rósea, pero ¿qué es lo que aflige a la royina Ista? No me gustaría decir ni hacer nada indebido, por ignorancia…

La luz de aquellos ojos castaños se apagó un tanto. La joven se encogió de hombros.

– Está… cansada. Y nerviosa. Eso es todo. Esperamos que se sienta mejor con la salida del sol. Parece que el verano siempre le hace bien.



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