
Era un rostro que reflejaba el más profundo pesar; trajo a la memoria de Cazaril el aspecto de algunos hombres que había conocido, rotos en cuerpo y alma por el calabozo o los horrores de las galeras. O del suyo propio, atisbado tenuemente en un espejo de acero bruñido en la casa de la Madre de Ibra, cuando los acólitos le habían rasurado la cara insensible y le habían animado a mirarse, veis, mejor así. Pero estaba más que seguro de que la royina no había olido siquiera un calabozo en su vida, nunca había sentido el mordisco de la tralla, nunca, quizá, había levantado un hombre la mano contra ella, enfurecido. Entonces, ¿qué? Se quedó quieto, con la boca entreabierta, temeroso de hablar.
Percibió un crujido y un frufrú a su espalda y se giró para ver a la viuda provincara, asistida por su prima, que entraba en esos momentos. Le dedicó un arqueamiento de ceja al pasar junto a él; Cazaril ensayó una mínima inclinación de cabeza. Las damas de compañía que velaban por la royina se sobresaltaron y se incorporaron, ofreciendo el fantasma de una reverencia.
La provincara recorrió el pasillo flanqueado por las hileras de bancos y estudió a su hija, inexpresiva.
– Oh, cielos. ¿Cuánto hace que está así?
Una de las damas de compañía volvió a inclinarse a medias.
– Se levantó en plena noche, vuestra gracia. Pensamos que sería mejor permitir que bajara antes que pelear con ella. Como instruisteis…
