– Ya, ya. -La provincara desdeñó la nerviosa excusa con un aspaviento-. ¿Ha dormido algo?

– Una o dos horas, creo, mi lady.

La provincara exhaló un suspiro y se arrodilló al lado de su hija. Su voz se suavizó, perdió toda sequedad; por vez primera, Cazaril escuchó la edad que acusaba.

– Ista, corazón. Levántate y vete a la cama. Los demás se ocuparán hoy de las oraciones.

La mujer postrada movió los labios, dos veces, antes de que escaparan de ellos unas palabras susurradas.

– Si es que escuchan los dioses. Si es que escuchan, que no hablan. Me han vuelto el rostro, madre.

La anciana le acarició el cabello, casi con torpeza.

– Ya rezarán otros hoy. Encenderemos todas las velas de nuevo, y volveremos a intentarlo. Deja que tus damas te conduzcan a la cama. Venga, levanta.

La royina sorbió por la nariz, parpadeó y, renuente, se incorporó. A un gesto de cabeza de la provincara, las damas de compañía se adelantaron para guiar a la royina fuera de la sala, tras recoger los chales que se habían quedado desparramados en el suelo. Cazaril escrutó su rostro con ansiedad cuando pasó a su lado, pero no encontró indicio alguno de enfermedad consuntiva, ni pigmentación amarilla en la piel o en los ojos, ni enflaquecimiento. Apenas si pareció que ella reparara en Cazaril; el barbado desconocido no encendió la chispa del reconocimiento en sus ojos. Bueno, no había ningún motivo por el que debiera acordarse de él, un simple paje entre las docenas de ellos que habían entrado y salido de la casa de Baocia durante el transcurso de los años.

La provincara volvió la cabeza cuando se hubo cerrado la puerta tras su hija. Cazaril se encontraba lo bastante cerca para verla suspirar en silencio.

Le dedicó una honda reverencia.

– Gracias por estas ropas de festejo, vuestra gracia. Si… -vaciló-. Si hay algo que pueda hacer para aliviar vuestra carga, lady, o la de la royina, sólo tenéis que pedírmelo.



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