No se trataba de ninguno de los hermanos soldados: uno de los criados, con las riendas en una mano y un robusto garrote en la otra. ¿Enviado por su señor para recuperar en secreto la moneda que había ido a parar por accidente a manos del vagabundo? Se perdió en la curva y, minutos después, volvió a aparecer. Se detuvo en el sendero embarrado, se volvió a uno y otro lado en su silla para escrutar las pendientes vacías, sacudió la cabeza en ademán de frustración y espoleó a su montura para reunirse con sus compañeros.

Cazaril se dio cuenta de que se estaba riendo. Era una sensación extraña, desconocida, ese estremecimiento que le recorría los hombros y no obedecía al frío, ni a la sorpresa, ni al miedo atenazador. Y esa curiosa ausencia de… ¿de qué? ¿De envidia corrosiva? ¿De ardiente deseo? No quería seguir a los hermanos soldados, ni siquiera quería volver a guiarlos. No quería estar en su lugar. Había asistido a su desfile tan ociosamente como cualquier espectador de un espectáculo de bufones en la plaza del mercado. Dioses. Sí que debo de estar cansado.Y hambriento. Valenda seguía estando a un cuarto de día de viaje; allí podría encontrar algún prestamista que le cambiara su real por vaidas de cobre, más útiles. Esa noche, con la bendición de la Dama, podría dormir en una posada y no en un establo con las vacas. Podría cenar caliente. Podría pagarse un afeitado, un baño

Se giró, acostumbrados ya los ojos a la penumbra del molino. Fue entonces cuando vio el cuerpo despatarrado en el suelo cubierto de escombros.

Se quedó helado por el pánico, pero volvió a respirar cuando vio el cuerpo. Ningún hombre vivo podría yacer inmóvil en aquella postura, con la espalda doblada de forma tan extraña. Los muertos no asustaban a Cazaril. Ahora bien, la causa de su muerte…

A despecho de la inmovilidad del cadáver, Cazaril se armó con un adoquín suelto del suelo antes de acercarse a él. Un hombre, rollizo, de mediana edad, a juzgar por las canas que adornaban su barba pulcramente recortada.



6 из 277