
El rostro que cubría la barba estaba abotargado y amoratado. ¿Estrangulamiento? No se apreciaban marcas en su cuello. Sus ropas eran sobrias pero de buena calidad, si bien la talla era demasiado pequeña y ajustada. El traje de lana marrón y la capa chaleco de color negro ribeteada con un bordado de hilo de plata podrían constituir el atuendo de un rico mercader o de un lord de baja categoría y gustos austeros, o de un erudito con ínfulas. En cualquier caso, no se correspondían con ningún granjero ni artesano. Ni tampoco con ningún soldado. Las manos, moteadas de púrpura y amarillo, e hinchadas a su vez, no presentaban callosidades, no presentaban -Cazaril se miró la mano izquierda, donde los muñones de dos dedos de menos atestiguaban lo inapropiado de rebelarse contra una soga- no presentaban daño alguno. El hombre no portaba adornos en absoluto, ni cadenas, ni anillos, ni sellos a juego con su lujoso atuendo. ¿Habría pasado por allí algún carroñero antes que él?
Rechinó los dientes, agachándose para mirar más de cerca, un gesto castigado por los diversos dolores de su propio cuerpo. En forma, sin grasa, el cuerpo presentaba también una hinchazón antinatural, al igual que el rostro y las manos. Pero cualquiera que hubiera entrado en una fase de descomposición tan avanzada tendría que haber llenado este lóbrego refugio de su hedor, lo suficiente para provocar arcadas a Cazaril en cuanto hubo traspuesto la puerta rota. No se advertían más olores que los de algún perfume almizclado o incienso, un humo seboso, y el sudor frío como la arcilla.
Desechó su primera impresión, la de que el desventurado había sido robado y asesinado en la carretera y arrastrado a un lugar discreto, cuando reparó en el suelo de tierra apelmazada que rodeaba al hombre. Cinco retacos de velas, consumidos hasta quedar reducidos a sendos charcos, azul, rojo, verde, negro, blanco. Montoncitos de hierbas y ceniza, ahora desperdigados.