
– La echaremos de menos.
– Yo no -respondió el joven.
No puedo creerme que dijera eso.
Miranda miró las palabras que acababa de escribir. Iba por la página cuarenta y dos de su decimotercer diario, pero era la primera vez, la primera vez desde aquel fatídico día hacía nueve años, que no tenía ni idea de qué escribir. Incluso en los días más aburridos, y eran frecuentes, conseguía completar una entrada decente.
En mayo de su decimocuarto año escribió:
Me he despertado.
Me he vestido.
He desayunado: tostadas, huevos y beicon.
He leído Sentido y sensibilidad, cuya autora es una dama desconocida.
He escondido Sentido y sensibilidad de mi padre.
He comido: pollo, pan, queso.
He conjugado los verbos en francés.
He escrito una carta a la abuela.
He cenado: ternera, sopa y pudín.
He leído un poco más de Sentido y sensibilidad. La autora sigue siendo desconocida.
Me he acostado.
He dormido.
He soñado con él.
Aunque no debía confundirse con la entrada del doce de noviembre de ese mismo año:
Me he despertado.
He desayunado: tostadas, huevos y jamón.
He intentado leer una tragedia griega.
Sin éxito
Me he pasado casi todo el tiempo mirando por la ventana.
He comido: pescado, pan, guisantes.
He conjugado los verbos en latín.
He escrito una carta a la abuela.
He cenado: asado, patatas y pudín.
He bajado la tragedia a la mesa (el libro, no ninguna desgracia).
Papá no se ha dado cuenta.
Me he acostado.
He dormido.
He soñado con él.
Y ahora, ahora que había sucedido algo importante y trascendental (cosa que nunca sucedía), lo único que podía escribir era:
No puedo creerme que dijera eso.
