Había perdido el bebé, el que había acelerado su matrimonio. El padre era un conde italiano o, al menos, es lo que ella dijo. Estaba casado, o era poco adecuado, o quizás ambas cosas. Turner estaba dispuesto a perdonarla porque todos cometemos errores. Además, ¿no había intentado él también seducirla antes de la noche de bodas?

Sin embargo, Leticia no quería su amor. Turner no sabía qué demonios quería; quizá poder o la intensa sensación de satisfacción al saber que otro hombre había caído bajo su embrujo.

Entonces se preguntó si su mujer pensó eso cuando él aceptó. O quizá sólo sintió alivio. Cuando se casaron, estaba de tres meses. No podía perder el tiempo.

Y ahora aquí estaba. O ahí estaba. Turner no sabía con certeza qué adverbio de lugar era más adecuado para un cuerpo sin vida en el suelo.

Daba igual. Sólo lamentaba que Leticia pasaría la eternidad en sus tierras, descansando entre los Bevelstoke que habían muerto a lo largo de la historia. En la lápida aparecería su apellido y, dentro de cien años, alguien se fijaría en las inscripciones del granito y pensaría que era una gran dama y que había sido una lástima que Dios se la hubiera llevado tan joven.

Turner miró al sacerdote. Era un hombre joven, nuevo en la parroquia y, por supuesto, todavía convencido de que podía convertir el mundo en un lugar mejor.

– Cenizas a las cenizas -dijo el sacerdote, y miró al hombre que debía ser el afligido viudo.

«Ah, sí -se dijo Turner, mordaz-, está hablando de mí.»

– Polvo al polvo.

Tras él, alguien sollozó.

Y el sacerdote, con los ojos azules y resplandecientes con un brillo de compasión absolutamente inadecuado, continuó:

– Con la certeza de la Resurrección…

Por el amor de Dios.

– A la vida eterna.

El sacerdote le miró y frunció el ceño. Y Turner se preguntó qué había visto, exactamente, en su cara. Seguro que nada bueno.

Se oyeron varios amén y allí terminó el oficio. Todos miraron al sacerdote, y luego lo miraron a él, y entonces observaron cómo el sacerdote le tomaba la mano y le decía:



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