– Pero no puedes enviar a casa a Miranda con un criado. No tendrá con quien hablar.

– Puedo hablar con el criado -dijo Miranda-. Siempre hablo con los de casa.

– Con los nuestros no -susurró Olivia-. Son muy ceremoniosos y callados, y siempre me miran con desaprobación.

– La mayoría de las veces mereces que te miren con desaprobación -intervino lady Rudland, acariciando la cabeza de su hija-. Tengo una sorpresa para ti, Miranda. ¿Por qué no le pedimos a Nigel que te acompañe a casa?

– ¡Nigel! -exclamó Olivia-. Miranda, qué suerte.

Miranda arqueó las cejas. Nunca había conocido al hermano mayor de Olivia.

– De acuerdo -respondió, despacio-. Será un placer conocerlo por fin. Olivia, hablas de él a menudo.

Lady Rudland envió a una doncella a buscarlo.

– ¿No lo conoces, Miranda? Qué extraño. Bueno, él sólo acostumbra a venir a casa por Navidad y tú siempre te vas a Escocia en esas fechas. Tuve que amenazarlo con cortarlo a trocitos si no venía a la fiesta de los gemelos. De hecho, no quería asistir a la fiesta por miedo a que alguna de las madres intentara comprometerlo con una niña de diez años.

– Nigel tiene diecinueve años y es un soltero muy codiciado -le explicó Olivia, con voz muy casual-. Es vizconde. Y es muy guapo. Se parece a mí.

– ¡Olivia! -la reprobó lady Rudland.

– Bueno, es verdad, mamá. Si fuera niño, sería muy guapo.

– Eres bastante guapa siendo niña, Livvy -dijo Miranda, con lealtad, mientras observaba el pelo rubio de su amiga con un poco de envidia.

– Tú también. Toma, escoge una de las cintas de Fiona, la vaca. No las necesito todas.

Miranda sonrió ante aquella mentira. Olivia era muy buena amiga. Miró las cintas y, con maldad, escogió la de satén violeta.

– Gracias, Livvy. Me la pondré para la clase del lunes.

– ¿Me has llamado, madre?

Cuando oyó el sonido de aquella voz grave, Miranda se volvió hacia la puerta y casi se queda sin aliento.



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