
Miranda sonrió. Su madre siempre decía que se conoce a una persona por los ojos y el hermano de Olivia tenía unos ojos muy bonitos.
– Nigel, ¿serías tan amable de acompañar a Miranda a casa? -preguntó lady Rudland-. Parece que su padre se ha demorado.
Miranda se preguntó por qué Nigel frunció el ceño cuando su madre pronunció su nombre.
– Por supuesto, madre. Olivia, ¿te lo has pasado bien en la fiesta?
– Muchísimo.
– ¿Dónde está Winston?
Olivia se encogió de hombros.
– Fuera, jugando con el sable que le ha regalado Billy Evans.
– De juguete, espero.
– Que Dios nos ayude si es de verdad -añadió lady Rudland-. De acuerdo, Miranda, vamos a llevarte a casa. Creo que tu capa está en la otra habitación. -Desapareció por la puerta y, unos segundos después, apareció con el práctico abrigo marrón de Miranda.
– ¿Nos vamos, Miranda? -Aquella criatura celestial le ofreció la mano.
Miranda se encogió de hombros y le dio la mano. ¡Era el paraíso!
– ¡Hasta el lunes! -exclamó Olivia-. Y no te preocupes por lo que ha dicho Fiona. Sólo es una vaca estúpida.
– ¡Olivia!
– Bueno, mamá, lo es. No quiero que vuelva a casa.
Miranda sonrió mientras permitía que el hermano de Olivia la acompañara por el pasillo y las voces de Olivia y lady Rudland se iban alejando.
– Muchas gracias por acompañarme a casa, Nigel -dijo.
