Frente a ella estaba la criatura más espléndida que había visto jamás. Olivia había dicho que tenía diecinueve años, pero Miranda lo reconoció como el hombre que ya era. Tenía una espalda maravillosamente ancha y el resto del cuerpo era esbelto y firme. Tenía el pelo más oscuro que Olivia, pero con los mismos destellos dorados, prueba de las horas que se había pasado al sol. Sin embargo, Miranda enseguida decidió que la mejor parte de él eran sus ojos: de un azul claro y brillante, como los de Olivia. Y tenían el mismo brillo pícaro.

Miranda sonrió. Su madre siempre decía que se conoce a una persona por los ojos y el hermano de Olivia tenía unos ojos muy bonitos.

– Nigel, ¿serías tan amable de acompañar a Miranda a casa? -preguntó lady Rudland-. Parece que su padre se ha demorado.

Miranda se preguntó por qué Nigel frunció el ceño cuando su madre pronunció su nombre.

– Por supuesto, madre. Olivia, ¿te lo has pasado bien en la fiesta?

– Muchísimo.

– ¿Dónde está Winston?

Olivia se encogió de hombros.

– Fuera, jugando con el sable que le ha regalado Billy Evans.

– De juguete, espero.

– Que Dios nos ayude si es de verdad -añadió lady Rudland-. De acuerdo, Miranda, vamos a llevarte a casa. Creo que tu capa está en la otra habitación. -Desapareció por la puerta y, unos segundos después, apareció con el práctico abrigo marrón de Miranda.

– ¿Nos vamos, Miranda? -Aquella criatura celestial le ofreció la mano.

Miranda se encogió de hombros y le dio la mano. ¡Era el paraíso!

– ¡Hasta el lunes! -exclamó Olivia-. Y no te preocupes por lo que ha dicho Fiona. Sólo es una vaca estúpida.

– ¡Olivia!

– Bueno, mamá, lo es. No quiero que vuelva a casa.

Miranda sonrió mientras permitía que el hermano de Olivia la acompañara por el pasillo y las voces de Olivia y lady Rudland se iban alejando.

– Muchas gracias por acompañarme a casa, Nigel -dijo.



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