Él volvió a fruncir el ceño.

– Eh… Lo siento -añadió ella enseguida-. Debería llamarlo milord, ¿verdad? Es que como Olivia y Winston siempre se refieren a usted por su nombre, yo… -Desvió la mirada hacia el suelo. Apenas había pasado dos minutos en su espléndida compañía y ya había metido la pata.

Él se detuvo y se agachó para poder mirarla a la cara.

– No te preocupes por el milord, Miranda. Voy a explicarte un secreto.

Miranda abrió los ojos y se olvidó de respirar.

– Detesto mi nombre.

– Eso no es ningún secreto, Ni…, quiero decir milord, bueno como quieras que te llame. Frunces el ceño cada vez que tu madre lo pronuncia.

Él le sonrió. El corazón le había dado una especie de vuelco cuando había visto a esa niña de expresión seria jugando con su indomable hermana. Era una pequeña criatura muy graciosa, pero había algo precioso en sus enormes y conmovedores ojos marrones.

– ¿Y cómo quieres que te llame? -le preguntó Miranda.

Nigel sonrió ante la pregunta directa.

– Turner.

Por un momento, creyó que no le iba a contestar. Ella se quedó inmóvil, excepto por algún parpadeo ocasional. Y entonces, como si hubiera alcanzado una conclusión, dijo:

– Es un nombre bonito. Un poco extraño, pero me gusta.

– Mucho mejor que Nigel, ¿no crees?

Miranda asintió.

– ¿Lo elegiste tú? A menudo he pensado que todos deberíamos poder escoger nuestros nombres. Y creo que la gran mayoría elegiría uno distinto al suyo.

– ¿Cuál elegirías tú?

– No estoy segura, pero Miranda no. Algo más sencillo, creo. La gente espera algo diferente de una Miranda y casi siempre quedan decepcionados cuando me conocen.

– Bobadas -dijo Turner, enseguida-. Eres una Miranda perfecta.

Ella sonrió.

– Gracias, Turner. ¿Puedo llamarte así?

– Por supuesto. Y no lo escogí yo. Sólo es un título de cortesía. Vizconde Turner. Lo he utilizado en lugar de Nigel desde que iba a Eton.



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