Más interesante era la información que había facilitado el esclavo, que indicaba que la dama Claudia se atormentaba por la localización de aquel niño abandonado y que, de hecho, lo andaba buscando como si tuviese la esperanza de encontrarlo con vida, un extraño comportamiento cuando cualquier persona sensata habría hecho lo que hubiera podido para dejar atrás un acontecimiento tan deshonroso.

Marcelo apenas conocía a Claudia Cornelia y al principio se preguntó cómo era que su infamia, aquellas pruebas de su falta, encajaba en aquellas arcas. Entonces cayó en la cuenta; habría sido un arma para utilizar contra Aulo, e incluso aunque Claudia sólo fuera la madrastra de Quinto Cornelio, aquello serviría como instrumento para avergonzar al hijo mayor de la familia de los Cornelios, un hombre al que Lucio estaba preparando para que alcanzase una posición de poder, y al que había designado para que mantuviera las cosas en orden hasta que Marcelo pudiese hacerse cargo. Cualquier alejamiento de su obligación haría que el rollo saliese a la luz, lo que arruinaría el nombre de la familia en un mundo en el que se consideraba que nada era más importante.

Su padre le había dicho que lo que encontraría no sería de su agrado y, como siempre, Lucio había acertado, pero, ¿qué tenía que hacer? Podía llamar a aquellas personas para que fueran a verlo, de una en una, y entregarles los rollos que les pertenecían, pero entonces sabrían que los había leído. Sería sólo cuestión de tiempo que la ciudad se llenara de cotilleos, lo que dañaría la reputación de su padre y, por asociación, la suya. Lo mejor sería quemar todo el lote, idea que le parecía larga y penosa, pues sabía que hacerlo con prisas sería un error. Era evidente que algunos de los crímenes allí consignados merecían castigo. Y si no podía quemarlos todos, ¿cuáles debería conservar?



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