
Marcelo volvió a colocar cuidadosamente los rollos en su sitio. El último fajo que tuvo en la mano se refería al gobernador de Illyricum, Vegecio Flámino, que acababa de regresar, con una lista de pruebas que Aulo Cornelio, a la cabeza de una comisión senatorial, había reunido contra él durante la reciente rebelión. Había incluso una narración real de la campaña: el número de muertos, no todos ellos combatientes enemigos, que impugnaban el triunfo de Flámino; su rapacidad venal como gobernador y, al final, un informe de un centurión retirado, llamado Didio Flaco, que relataba cómo había abandonado Vegecio, aun sabiendo que estaban aislados, a Aulo y a los hombres que este comandaba para dejarlos morir en el paso de Thralaxas. Había material suficiente no sólo para imputar a aquel hombre, sino para verlo linchado y arrojado desde la Roca Tarpeya.
Guardó el último rollo y volvió a cerrar el col re de madera antes de regresar al estudio, para encontrar allí al administrador de su padre, que esperaba con los últimos informes llegados de las fronteras y le preguntó qué debería hacer con ellos ahora que Lucio había muerto. Esa correspondencia no era para sus jóvenes ojos; en realidad, se trataba de comunicados consulares que llegaban a su padre porque era tan poderoso como para ascender o derribar a aquellos que los habían escrito. A pesar de todo, Marcelo les echó un vistazo; la mitad de ellos daban noticias de que había más problemas en la frontera que Roma compartía con el Imperio de Partía.
Había un poco de cada provincia y potencial punto de conflicto, y Marcelo sabía que en los estantes que llenaban las paredes del estudio se acumulaban años de correspondencia relacionada con todo asunto de importancia para el Imperio. Las luchas fratricidas en África, los sobornos necesarios para mantener a raya a varias tribus al norte de la Galia Cisalpina y un informe positivo de Illyricum, hace muy poco sede de una revuelta. Se detuvo al llegar a un despacho del cónsul sénior en Hispania, Servio Cepio.
