
– Quisiera hablar con Demetrio.
– Ahí al fondo, si es que puedes soportar el calor.
Áquila no fue bienvenido, y no porque el dueño estuviera trabajando. Ya había terminado su trabajo del día y se ocupaba de reponer todo el sudor que había perdido bebiendo grandes cantidades de vino bien aguado, del cual no ofreció nada a su inesperado visitante. Demetrio era el hijo mayor de sus padres adoptivos y hacía mucho que se había marchado de casa cuando lo encontraron a él; no era más que un nombre y una profesión, aunque era alguien que lo conectaba con su pasado.
– ¡Aquí no te puedes quedar!
Demetrio estaba gordo, por lo que daba la sensación de que consumía más pan que el que vendía. Su enorme barriga rebosaba por encima de un grueso cinturón de cuero y su gorda cara redonda, aún de un rojo brillante por los hornos, parecía enfadada. Áquila no podía echarle en cara su desconfianza. Después de todo, tan sólo había oído hablar de aquel joven que ahora estaba frente a él de boca de los escasos viandantes que llegaban de los alrededores de Aprilium. Nunca lo había visto ni tampoco su mujer. Sabían que lo habían encontrado en los bosques, lo que era una vía poco convincente de reclamar parentesco.
– No recuerdo habértelo pedido -replicó el joven-, pero soy nuevo en Roma. Si pudieras ayudarme a encontrar alojamiento, puedo pagarte.
– ¿Con qué?
– Tengo dinero.
Su gordo hermano adoptivo se inclinó hacia delante, apoyando una mano gordinflona y la mitad de su estómago sobre su enorme muslo.
– ¿Cuánto dinero?
– El suficiente -contestó Áquila con frialdad.
Demetrio dejó que sus ojos se posaran sin disimulo sobre el águila dorada, que pareció reafirmarlo.
– Si puedes pagar, yo te alojaré y te inscribiré en la lista de votantes, siempre que no te importe compartir espacio con Fabio.
– ¿Quién es Fabio?
