Por fin encontró la panadería, sólo gracias a que, una vez que se dio cuenta de que lo ignoraban, dejó de hacer las preguntas con educación. La gente de la ciudad parecía más servicial si te abalanzabas sobre ellos con gesto amenazante y echabas mano a la espada del cinto si daban muestras de intentar pasar de largo. Le dieron indicaciones de la dirección de la calle, pero fue el olor lo que lo guio hasta el establecimiento que buscaba, un olorcillo de pan recién hecho que, quién sabe cómo, se las arreglaba para sobreponerse al olor a mugre y humanidad aglomerada. La tienda, con un pequeño grupo de gente a su puerta, era una oscura caverna en los bajos de una casa de vecinos que se alzaba en una calle llamada Vía Tiburtina.

Áquila levantó la vista hacia la estrecha franja de luz entre los dos edificios a ambos lados de la calle, que parecían inclinarse uno hacia el otro en toda su altura. Había ropa puesta a secar en cada balcón, las mujeres se chillaban de un lado a otro de la calle, levantando la voz para así poder oírse por encima del bullicio que subía desde la calle, mientras los niños desnudos jugaban en las puertas de entrada, cuyos muros estaban cubiertos de dibujos y mensajes, unos groseros, otros quejosos. Pedigüeños, ciegos o mutilados, se sentaban apoyándose en los muros, con las rodillas dobladas para evitar el alcantarillado abierto que corría en medio de la calle.

– ¿Es esta la panadería de Demetrio Terencio? -preguntó por encima de las cabezas de los que esperaban para ser atendidos.

Había dos mujeres detrás de una mesa, una de mediana edad, encorvada, con el rostro estropeado por el dolor; la otra era mucho más joven. Las dos estaban cubiertas de harina y los cabellos se les pegaban a la cara por culpa del sudor. La mujer encorvada, que parecía no tener dientes, no le hizo caso; fue la más joven la que contestó. La más vieja habló con aspereza y la chica joven volvió a ponerse a servir a los clientes.



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