
Había estado presente en la muerte de Gadoric, el guerrero celta al que Áquila veía como padre putativo, que había muerto como habría deseado, cargando contra sus enemigos romanos en un combate que no podía ganar: el camino al paraíso para alguien de su religión. Fue una triple venganza; Penteo también había asesinado a Didio Flaco, el ex centurión que había llevado a Áquila por primera vez a Sicilia, y a Foebe, la chica con la que había tenido una relación, que se había consumido entre las llamas del caserío de Flaco.
Penteo murió muy despacio y con la lujosa ropa que llevaba al ser arrastrado fuera de la cama embutida en la boca. Id cuchillo del chico se había cebado sin descanso en su cuerpo, regodeándose en aquellos ojos llenos de dolor. Al final, Áquila le había rebanado manos y pies mientras aún vivía, haciéndole a Penteo lo que él le había hecho a Flaco. Se deshizo del cuerpo roto como había hecho con los otros, llevándolos hasta las altas terrazas y arrojándolos al barranco y a las rápidas aguas del río que corría abajo. Antes de eso, y empleando la sangre brillante y roja de aquellos, había dibujado en cada una de las paredes la imagen que lo distinguía, igual a la del talismán de oro que llevaba al cuello, la silueta de un águila al vuelo.
A veces, al mismo tiempo que caminaba, se preguntaba si tenía algún futuro, pero al tomar aquel objeto en la mano, se sentía invadido por una extraña sensación. Le habían dicho que aquello era su destino, pero, ¿serían ciertas las predicciones? Ahora sólo tenía un lugar al que ir y quizá la respuesta que buscaba se encontrara allí, en el centro de su mundo: la ciudad de Roma.
