
Le resultó imposible pasar de largo por el único lugar al que una vez había llamado hogar; allí no quedaba nada en pie, pero era el lugar donde antes había estado la cabaña de sus padres adoptivos. La familiaridad quedaba atenuada por la extraña sensación de que todo parecía más pequeño que en sus recuerdos; el arroyo en el que había aprendido a nadar, que desembocaba en el río Liris, los árboles de los bosques cercanos, incluso la distancia entre la choza y la bulliciosa Vía Apia, a media legua. Sólo las montañas del este parecían las mismas; se alzaban a distintas alturas, cubiertas de densos bosques, y la más alta de todas era aquel volcán extinto de extraña silueta con la cima en forma de copa votiva.
Allí parado, Áquila casi podía oír la voz de Fúlmina reprendiendo con frecuencia a su marido Clodio. Fue ella quien hizo las profecías de grandeza, con una fe que él nunca había podido compartir; ¿cómo iba a poder cumplir él, hijo de unos simples campesinos, lo que ella había predicho? No había sabido la verdad hasta el día que ella murió; le habían llevado allí siendo un recién nacido que había sido abandonado, el día del festival de la diosa Lupercalia, en los bosques cercanos para que muriera.
Clodio, que de vez en cuando se emborrachaba y siempre estaba en la afilada punta de la lengua de su mujer, estaba durmiendo la borrachera. Lo despertó el llanto del bebé hambriento y él se lo llevó a casa, a su mujer, pues sabía que así atenuaría su enfado. En su tobillo estaba el amuleto que ahora llevaba colgado al cuello, un recordatorio de que al menos uno de sus verdaderos padres quería que viviese. De haberlo vendido, podrían haber vivido con cierto desahogo y Clodio habría evitado tener que servir, y al final morir, en las legiones; pero también le recordaba que ellos nunca hablaron del poder que sintió Fúlmina ni de los sueños que habían surgido con solo tocar el amuleto.
