
– La vendería por saber quiénes son.
– Estás tonto. ¿A quién le importan los padres?
– Eso es fácil decirlo cuando tienes a los tuyos.
– Puedes quedártelos, pero ten cuidado, ese viejo cabrón gordo de mi padre te sacará hasta la última moneda que tengas -Fabio acompañó sus palabras con un gran trago de su jarra, mientras Áquila se preguntaba si su «sobrino» no estaría siendo un sinvergüenza, puesto que llevaba varias horas sentado en aquella taberna gastando alegremente el dinero de Áquila-. Y no dejes por ahí ese amuleto que llevas al cuello, o ese miserable hijo de puta te lo robará.
– Tu padre también habla bien de ti -dijo Áquila.
Aquello levantó un profundo gruñido y Fabio dijo por centésima vez:
– Y resulta que tú eres mi tío.
Resultaba difícil; Fabio era diez años mayor que Áquila y parecía que fueran veinte. El más joven, aún en sus veintipocas primaveras, había pasado toda su vida al aire libre, comía cuando estaba hambriento y bebía cuando estaba sediento. A Fabio le gustaban las tabernas llenas de humo y oscuras, tanto de día como de noche. Era de complexión fofa y sus ojos estaban legañosos, y aunque no tanto como su padre, tenía tendencia a engordar.
– Tengo que encontrar algún tipo de trabajo.
– ¡Trabajo! -escupió Fabio, y después echó un vistazo por la taberna, llena de gente que compartía sus gustos y su aspecto-. Eso es sólo para idiotas.
– ¿Tú no trabajas?
– De vez en cuando aquí y allí, en los almacenes del Tíber, pero hay otras formas de sacarse unos mendrugos -Fabio echó la cabeza hacia atrás y rio-. Incluso para el hijo de un panadero.
Áquila descubrió enseguida como conseguía Fabio aquellos «mendrugos». No había malas intenciones en sus robos: eran insignificantes, oportunistas y no causaban daño alguno, y dependían de una vista rápida y de unos reflejos aún más veloces.
