
Su «sobrino» se había comprometido a mostrarle Roma, subiendo y bajando por las siete colinas, y señalándole todos los lugares de interés: la colina Capitolina, el foro y el templo de Jano. Estaban en la colina Palatina, entre las grandes casas de los muy ricos, cuando Fabio descubrió unos zapatos rojos, secándose al sol tras una reciente limpieza, en la repisa de la ventana de un primer piso.
– Ayúdame a subir, rápido.
Áquila le obedeció sin pensar, y soportó su peso sin esfuerzo mientras Fabio se estiraba hacia arriba y agarraba los zapatos. Tiró uno dentro de la habitación, pero descendió triunfante con el otro.
– Aquí está -dijo mientras lo levantaba-. Una victoria para los paletos que van con el culo al aire.
– ¿Un zapato?
Fabio lo agitaba con alegría.
– Un zapato de senador, un trofeo, Áquila. Esos cabrones suelen ponérnoslos en el cuello para aplastarnos.
Un grito detrás de ellos alertó a Fabio del peligro y se volvió para ver a un sirviente que se descolgaba por la ventana con el otro zapato en la mano y daba alaridos para que se detuvieran.
– Es hora de seguir con la visita, «tío» -dijo Fabio guiñando un ojo.
Se escabulló por un callejón y Áquila le siguió, y sus pies levantaban eco en los muros mientras se alejaban a la carrera y salían a otra calle que corría en paralelo. Fabio cruzó esa calle y se metió en un segundo callejón, por cuya empinada pendiente bajaron hasta aparecer en el mercado cercano al foro. Fabio dejó de correr y comenzó a caminar a paso normal, abriéndose camino entre los puestos, mientras sus ojos y sus manos repasaban todo el lugar. Para cuando alcanzaron la otra punta, ya podía ofrecerle a Áquila frutas, verduras y un atizador de hierro.
