Aquello, más que nada, sirvió para que Marcelo se diese cuenta de que ahora era dueño de su propio destino. También subrayaba su potencial; Apio Claudio aún consideraba deseable aquel compromiso. Pero, dado que sus preferencias estaban en otra parte, ¿lo consideraba él de la misma manera? Desde que vistió su toga de adulto se había sentido atraído por Valeria Trebonia, pero toda la familia de los Trebonios estaba fuera de Roma, por lo que aún no había resuelto aquel asunto. Una vez había sugerido a su padre que debería casarse con Valeria, sólo para que su idea fuese puesta en ridículo. Para un Falerio, que podía seguir el rastro del nombre de su familia hasta antes de los reyes Tarquinios, los Trebonios eran unos arribistas que acababan de ascender hacía muy poco y eran indignos de merecer tal unión.

Pero eso era algo para pensar más tarde; ahora era el momento de examinar su herencia. Después de todo un reloj de arena, se sentó entre rollos preguntándose cómo había vivido todos esos años con su padre sin llegar a conocerlo de verdad. Cada rollo le hacía sentir vergüenza; contenían datos personales, ninguno de ellos favorecedor, de toda las personas a las que Lucio había llamado amigos y protegidos. Detalles sobre escándalos financieros y sexuales, qué esposa se había entregado a unas relaciones adúlteras, con los nombres de los hombres implicados, a menudo más de uno, senadores y caballeros que habían robado con descaro al erario público, que habían acaparado productos escasos o que se habían dedicado a una rapacidad denunciable mientras gobernaban las provincias del Imperio.

En uno había un poema y, marcados en una esquina, aparecían los nombres de Sibila y Aulo, que debía de referirse a un oráculo y a Aulo Cornelio, amigo de infancia de su padre, mientras que el resto tenía montones de notas garabateadas. No sacó ningún sentido de su lectura.


Uno someterá a un poderoso enemigo, el otro luchará para salvar el prestigio de Roma.



8 из 314