
¿Por qué la mera visión de aquella imagen había aterrorizado a su padre? Al verlo, había pedido su litera en un evidente ataque de pánico e hizo un esfuerzo por volver a Roma, quizá en busca de la intercesión de Júpiter Máximo. Había sido en vano: Lucio Falerio, senador superior de Roma, murió como un cualquiera en la Vía Apia, a varias leguas de la ciudad a la que reverenciaba, ignorado, al igual que su hijo bañado en lágrimas, por quienes pasaban por allí, por los ciudadanos para quienes había trabajado tanto y tan duramente.
Dejaba un legado poderoso. No era una gran riqueza; Lucio había dedicado demasiado tiempo al cuidado de Roma y su Imperio como para amasar una fortuna, aunque el muchacho quedaba en una situación cómoda y tenía la perspectiva de un matrimonio que le aportaría una sólida dote. La verdadera herencia era política; como hijo de un hombre tan influyente -con una lista de protegidos demasiado larga como para contarlos-, podía esperar heredar algo de su autoridad. No toda, pues era demasiado joven para eso, pero la suficiente como para dejar su huella en el mundo. Y este era el momento de averiguar cuál era su poder.
Antes de que partieran en aquel fatídico viaje a Sicilia, Lucio había guardado en arcas bajo llave muchos de sus rollos más confidenciales, para que fueran depositados en la bodega. En aquellos recipientes de madera estaba todo lo que necesitaba Marcelo para asumir su posición en el mundo. Bajó con una lámpara por los escalones de piedra desgastada en lugar de subir los cofres al estudio de su padre. Aquello hizo que se detuviera: tuvo que recordarse que ahora el estudio era suyo; él era el cabeza de familia. Había pasado un momento incómodo en el foro, adonde había acudido a anunciar su pérdida, cuando Apio Claudio, el hombre más rico de Roma, le había recordado las obligaciones que tenía con su hija.
