

LaVyrle Spencer
Los Dulces Años
Este libro está dedicado con amor
a todos mis lectores, a los muchos que he conocido
y a los muchos más que no conozco pero, especialmente,
a aquellos cuyas fieles cartas siguen llegándome.
Mi sincero agradecimiento a Arvid Gafkjen
y a Meredifh Sogard Gafkjen,
cuyos recuerdos de Álamo, en Dakota del Norte,
inspiraron este libro.
1
1917
No estaba dormida ni despierta: Linnea Brandonberg se hallaba en un extraño estado de fantasía inducido -esta vez- por el traqueteo rítmico que se transmitía a través del suelo del tren. En posición recatada, con las rodillas juntas, se miraba a menudo los pies para admirar los zapatos más hermosos que hubiese visto, con punteras de cuero brillantes y terso empeine de cabrito negro cubriendo no sólo el pie sino también unos quince centímetros de pantorrilla. Lo asombroso era que no tenían botones ni lazos, sino que se ajustaban por medio de una ancha tira de elástico fuerte que iba desde la mitad de la espinilla hasta debajo del hueso del tobillo, a cada lado. Pero lo más importante era que se trataba de los primeros zapatos de tacón alto que tenía. Sólo sumaban dos centímetros y medio a su estatura, pero muchos más años a su madurez.
Eso esperaba.
Ahí estaría él en la estación, esperando para recibirla: un subyugante inspector de escuela, conduciendo un elegante carruaje Stanhope para dos, tirado por dos relucientes bayos…
– ¿Señorita Brandonberg?
Su voz era rica y cultivada y una sonrisa deslumbrante iluminaba el apuesto rostro. Se quitó el sombrero alto, dejando ver un cabello del color del centeno al atardecer.
