
– ¿Señor Dahí?
– A sus órdenes. Estamos encantados de tenerla, por fin, con nosotros. ¡Oh, por favor, permítame… yo llevaré esa maleta! -Cuando colocó el equipaje en el baúl del coche, ella advirtió lo bien que ajustaba la chaqueta negra del traje a los hombros bien formados y cuando se volvió pura ayudarla a subir, notó que llevaba un. cuello de celuloide flamante en honor de la ocasión-. Ahora, tenga cuidado.
Tenía unas manos maravillosas, de largos y pálidos dedos, que sujetaron, solícitos, los suyos cuando la ayudó a subir.
– Señorita Brandonberg, a su izquierda verá la ópera, nuestro establecimiento más nuevo, y espero que, a la primera oportunidad, podamos asistir juntos a una función.
Un látigo delgado chasqueó sobre la cabeza de los animales y arrancaron. El codo del hombre chocaba levemente con el suyo.
– ¡Una ópera!-exhaló, con femenina sorpresa, apoyando con delicadeza los dedos sobre el corazón-. ¡No imaginé que hubiese un teatro de ópera!
– Un físico como el suyo sería capaz de avergonzar a las actrices.
– La sonrisa del hombre pareció disminuir la luz del sol. mientras examinaba el traje nuevo de lana que llevaba puesto Linnea, y el primer sombrero de mujer que tenía. – Espero que no me considere atrevido si le digo que tiene un excelente gusto para vestir, señorita Brandonberg…
– ¿Señorita Brandonberg? -La voz de la fantasía se apagó, ahuyentada por la del conductor, que se asomaba por el compartimiento del asiento para tocarle el hombro-. La próxima parada es en Álamo, North Dakota.
La muchacha se irguió y le dedicó una sonrisa – ¡Oh, gracias!
El anciano se tocó la visera de la gorra azul, la saludó con la cabeza y se alejó.
Afuera la pradera ondulaba, vasta y llana. Miró por la ventana y no vio señal alguna de ciudad. El tren aminoró la velocidad, sonó el silbato, se apagó y sólo se oyó el traqueteo de las ruedas sobre los raíles de acero.
