
Derrotado, a Westgaard no le quedó más alternativa que emprender la búsqueda de Oscar, llevando junto con él a la muchacha, aunque no quisiera.
Como pasaba con casi todas las granjas de Dakota, la de Knutson era inmensa. Olearon el horizonte por encima de los campos de trigo, de avena y de centeno mientras avanzaban por el camino de grava, pero no había rastros de la cuadrilla ni de la segadora que recorriesen el terreno en uno y otro sentido. Muy erguido, Westgaard escudriñaba ese océano de oro con el entrecejo fruncido, tratando de divisar algún movimiento en el confín más lejano, pero lo único que se movía eran las espigas mismas y una bandada de cuervos vocingleros que volaban sobre sus cabezas trazando recorridos siempre cambiantes para luego aterrizar sobre la avena. La carreta llegó ante un campo segado, con la cosecha apilada hasta donde el ojo alcanzaba. El cereal secándose al sol llenaba el aire chispeante de una dulce fragancia. Con un sutil movimiento de las riendas, Westgaard hizo virar a los caballos y pasaron del camino de grava a un sendero herboso que atravesaba el campo segado. El sendero era irregular, pues estaba destinado principalmente a brindar acceso a los campos. Cuando la carreta se sacudió, Linnea se sujetó el sombrero, que amenazaba caérsele-
Westgaard le lanzó una mirada de soslayo y su boca esbozó una breve semisonrisa, pero la joven tenía la barbilla baja mientras intentaba volver a acomodar el alfiler de sombrero para sujetar el horrible artefacto.
Balanceándose y sacudiéndose por el sendero, llegaron a una pequeña elevación del terreno, y Westgaard canturreó:
– ¡Sooo!
Obedientes, los caballos se detuvieron y los viajeros posaron la vista en la interminable extensión de centeno cortado de Oscar Knutson, al que no se veía por ninguna parte-
