
– ¿Esa es la escuela?
Sin quitar la vista de las orejas de los caballos, refunfuñó:
– Sí.
¡Qué tipo intratable y terco! Apretó los puños en el regazo, furiosa.
– ¡Bueno, podría habérmelo dicho!
El hombre volvió la vista hacia ella y, con una sonrisa sardónica en los labios, dijo, arrastrando las palabras:
– No soy guía de turismo.
Aunque la rabia llegó cerca del punto de ebullición, Linnea mantuvo la boca cerrada y se guardó las réplicas.
Siguieron avanzando un poco más por el camino y, cuando pasaron ante una granja indefinida, Theodore se dispuso a exasperarla aún más:
– Esa propiedad es de mí hermano John.
– Qué maravilla -replicó sarcástica. sin mirar.
No habían pasado diez minutos desde que divisaron la escuela cuando entraron en un camino curvo que, supuestamente, entraba en la propiedad de Westgaard… aunque este no se molestó en identificarla. El costado Norte estaba protegido por una larga hilera de añejos árboles de boj y una fila paralela de densos arbustos que formaban un muro verde ininterrumpido. Al rodear la protección, apareció la granja ante su vista. La casa estaba situada a la izquierda, en un rizo formado por el camino. Todos los almacenes estaban a la derecha: entre ellos, un molino de viento y un tanque de agua, ubicados entre un enorme cobertizo castigado por la intemperie y un racimo de otras construcciones que, según dedujo Linnea. debían de ser graneros y gallineros.
La casa de tablas de madera era de dos plantas y carecía de lodo adorno, al igual que todas las casas que habían visto por el camino.
Aparentemente, una vez. había sido pintada de blanco, aunque, en el presente, tenía un color ceniciento, con alguno que otro resto de blanco que asomaba de tanto en tanto.
