
– Bueno, aquí es -anunció Westgaard sin darse prisa, mientras se inclinaba adelante para atar las riendas a la manija del freno.
Apoyando las manos sobre el asiento y el piso, saltó fuera por el costado y, si no fuese porque en ese momento se oyó una voz imperiosa que llegaba desde la casa, habría dejado que Linnea hiciera lo mismo:
– ¡Teddy! ¿Qué modales son esos? ¡Ayuda a apearse a la joven! "¿Teddy?", pensó Linnea. divertida. ¿Teddy?
Una mujer minúscula que parecía un remolino avanzó por el sendero que salía de la puerta de la cocina, con el rizado cabello gris anudado en la nuca y unas gafas ovaladas de montura metálica encaramadas tras las orejas. Movió un dedo en gesto de reproche.
Theodore Westgaard, obediente, cambió de rumbo en mitad del camino, volvió a la canela y le tendió la mano, aunque con expresión de mártir. Linnea puso su mano en la de él y, mientras bajaba, no pudo resistir la tentación de burlarse con voz dulce:
– Oh, gracias, señor Westgaard, es usted muy amable.
Él soltó la mano de inmediato, y la mandona mujer se reunió con ellos: era tan baja que hacía sentirse gigante a Linnea, que sólo medía poco más de metro y medio. Su nariz era del tamaño de un dedal, tenía unos opacos ojos castaños a tos que no se les escapaba nada y labios rectos y estrechos como una hoja de sauce. Con la barbilla diminuta proyectada adelante, marchaba balanceando los brazos casi con violencia. Si bien tenía la espalda un tanto encorvada, daba la impresión de que se inclinaba adelante a cada paso, con gran prisa: lo que le faltaba en estatura te sobraba en energía. En cuanto abrió la boca, Linnea supo que no se andaba con rodeos.
