– ¡No se lo pediré! -Ya estaba furiosa y su semblante expresaba un intenso desagrado. ¡Cómo se atrevían a mandar a este viejo a recibirla!-. ¡Y no soy ninguna flor de invernadero!

– Ah, ¿no?

La observó, como evaluándola, preguntándose cómo aguantaría una pequeña como esa cuando el viento Noroeste que venía desde Alaska le abofeteara el rostro y la nieve punzara tan fuerte que uno terminara por no distinguir el calor del frío en la frente.

– Diablos. -refunfuñó, fastidiado-; no cambia el hecho de que no quiero a ninguna mujer viviendo en mi casa.

Pronunciaba la palabra mujer con el mismo desdén con que un vaquero hubiese dicho serpiente de cascabel.

– Entonces, me alojaré en casa de cualquier otra persona.

– ¿Y de quién?

– Yo… no lo sé, pero hablaré con el señor Dahí al respecto.

El hombre lanzó otro resoplido desdeñoso y a Linnea le dieron ganas de atizarle unos golpes en la nariz.

– No hay ninguna otra casa disponible. Siempre hemos alojado a los maestros en nuestra casa. Es así… porque somos los que estamos más cerca de la escuela. El único que vive más cerca es mi hermano John y, como es soltero, su casa está fuera de discusión.

– Entonces, ¿qué se propone hacer conmigo, señor Westgaard? ¿Dejarme en la escalera de la estación?

La boca del hombre se frunció como una fresa seca y las cejas se unieron en severo reproche, mirándola desde abajo del ala del sombrero de paja.

– No permitiré que ninguna mujer viva bajo mi techo -afirmó de nuevo, cruzando los brazos empecinado.

– Es posible, pero si no es en su casa, será mejor que me lleve a la casa de alguien menos intolerante que usted, y yo estaré más que feliz de morar bajo el techo de esa otra persona, salvo que quiera que le lleve ajuicio.

¿Y eso a qué venía? ¡No tenía ni la más remota idea de cómo llevar a juicio a alguien, pero tenía que pensar en algo para poner en su lugar a ese patán inculto!



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