– ¡Usted! -La sonrisa fue respondida con una expresión ceñuda-. ¡Pero no puede ser! ¡L. I. Brandonberg es un hombre!

– No es un… quiero decir; yo no soy un hombre. -Rió nerviosa y luego, recordando las leyes de la cortesía, le tendió la mano-. Me llamo Linnea Irene Brandonberg y, como puede ver, soy una mujer.

Al oírla, el hombre dio un rápido vistazo al sombrero y al cabello de la muchacha y lanzó un resoplido desdeñoso.

Linnea sintió que se le agolpaba la sangre en la cara, pero mantuvo la mano extendida y preguntó:

– ¿A quién tengo el placer de dirigirme?

Sin aceptar la mano, el hombre respondió con rudeza:

– Mi apellido es Westgaard… ¡y no pienso aceptar a ninguna mujer en mi casa! El consejo de nuestra escuela contrató a un tal L. I. Brandonberg creyendo que era un hombre.

De modo que este era Theodore Westgaard, en cuya casa se alojaría. Desalentada, bajó la mano que el hombre seguía ignorando.

– Lamento que haya tenido esa impresión, señor Westgaard, le aseguro que no era mi intención engañarles,

– ¡Jal! ¡Qué clase de mujer anda por ahí, haciéndose llamar L. I. Brandonberg!

– ¿Existe alguna ley que prohíba a las mujeres usar sus iniciales en la firma legal? -preguntó, rígida.

– ¡No, pero debería existir! Siendo usted una muchachita de ciudad, habrá adivinado que el consejo escolar hubiese preferido a un hombre y se propuso confundirlos.

– ¡Yo no hice nada por el estilo! Firmo siempre,…

Pero el hombre la interrumpió, grosero.

– Enseñar en una escuela de esta zona no es sólo garrapatear números en una pizarra, muchachuela' Hay que caminar más de un kilómetro y medio, encender el fuego y apalear nieve. ¡Y aquí los inviernos son duros! ¡Yo no tendré tiempo de enganchar a los caballos para transportar a una flor de invernadero a la escuela cuando haya treinta grados bajo cero y el viento del Noroeste llegue aullando y trayendo nieve!



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