
La desilusión de Linnea siguió hasta que el hombre sacudió las riendas y ordenó:
– ¡Arre!
Los pesados caballos los condujeron a través de uno de los poblados más tristes que hubiese visto en su vida. ¿Teatro de ópera? ¿En verdad había albergado la fantasía de una ópera? Al parecer, el establecimiento más cercano a la cultura que había en el pueblo era el almacén de ramos generales, que oficiaba al mismo tiempo de Correo: allí", sin duda llegaría la cultura bajo la forma del catálogo de Sears Roebuck. Los edificios más impresionantes eran los silos de cereales que se veían junio a los rieles del ferrocarril. Los demás eran pequeños cubículos con falsas fachadas, y estos, por otra parte, eran escasos. Linnea contó dos proveedores de aperos agrícolas, dos bares, un restaurante, el almacén de ramos generales, un hotel, un banco y una combinación de barbería y farmacia.
El corazón se le fue a los pies. Westgaard miraba serio hacia delante, sosteniendo las riendas con unas manos de dedos como salchichas polacas, la piel igual que la de un indio viejo… tan diferentes de los blancos dedos que había imaginado.
No la miraba, y ella tampoco a él.
Pero Linnea vio esas ásperas manos bronceadas.
Y el hombre vio los zapatos de tacón alto.
Y la muchacha notó cómo se encorvaba hacia delante y miraba con el entrecejo fruncido bajo ese espantoso sombrero.
Él, cómo ella se sentaba erguida como una lanza y contemplaba todo con aire quisquilloso, bajo esas ridículas alas de pájaro.
Linnea pensaba lo horrible que era volverse viejo e irritable.
Theodore pensaba lo tontas que se ponían tas personas cuando eran jóvenes… siempre trataban de parecer mayores.
