Pero ninguno de los dos pronunció palabra.

Anduvieron varios kilómetros hacia el Oeste, luego giraron hacia el Sur y el paisaje siempre era el mismo: plano, dorado y ondulante, salvo donde habían estado las trilladoras. Ahí era plano, dorado y quieto.

Al cabo de media hora de viaje, Westgaard entró en el patio de una granja idéntica a todas las que habían pasado: una casa de madera estropeada por la intemperie, una línea de álamos que brindaban protección del viento del lado Oeste, aunque los árboles no estaban del todo crecidos y se inclinaban un poco en dirección Sur Suroeste; un cobertizo de mejor aspecto que la casa; graneros rectangulares; silos hexagonales y el único elemento de aspecto amistoso que dominaba sobre todos los demás: el molino de viento, que giraba lentamente, emitiendo un quedo suspiro.

Una mujer asomó a la puerta y se acomodó un mechón de cabello en el moño que llevaba en la nuca. Alzó una mano a guisa de saludo y esbozó una amplia sonrisa:

– ¡Theodore! -exclamó, bajando los dos peldaños de madera y cruzando el retazo de hierba, tan dorado como los campos de alrededor-. ¡Hola! ¿A quién traes? Creí que ibas al pueblo a buscar al nuevo maestro-

– Es este, Hilda. Y usa tacones altos y sombrero con alas de pájaro.

Linnea se encrespó. ¡Cómo se atrevía a burlarse de su atuendo! Hilda se detuvo junto a la carreta y miró, con el entrecejo fruncido, primero a Westgaard, luego a Linnea.

– ¿Es este? -Se protegió los ojos con la mano y miró de nuevo.

Dio una palmada, retrajo el mentón y sonrió con áspero humor-. Oh, Theodore, estás burlándote de nosotros, ¿eh? Westgaard señaló a su pasajera con el pulgar.

– No, es ella la que nos gastó una broma. Ella es L. I. Brandonberg.

Antes de que Hilda Knutson pudiese responder, Linnea se inclinó y le tendió la mano, otra vez irritada por la grosería de Westgaard, que no la presentaba como era debido.

– Mucho gusto. Soy Linnea Irene Brandonberg.



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