Su coche era un antiguo y maltrecho dos plazas "Lotus". Salió disparado del aparcamiento y entró en la pista, el motor aullando, hasta instalarse en el sendero de control manual. Probablemente, pensé, aquel coche carecía de equipo de control electrónico.

Había pasado mucho tiempo desde que estuve la última vez en Nueva Inglaterra, en abril; me había olvidado del frío que podía hacer. Surcando raudos el crepúsculo y aún llevando mis ropas deportivas isleñas, noté cómo los dientes empezaban a castañetearme. Ted no se dio cuenta de esto. Hablaba rápidamente por encima del zumbido del motor y del viento frío, gesticulando con una mano y meneando el volante por el denso tráfico con la otra, Su monólogo casi abordaba el mismo tema mientras cambiaba de senderos de conducción: habló de Rossman, del doctor Barneveldt, de algo sobre un flujo de aire turbulento, de matemáticas, del envenenamiento del aire; incluso me dio una rápida conferencia sobre las peculiaridades del clima de Hawai. Asentí y me estremecí. Cada vez que pasaba rozando otro coche deseaba encontrarme en la sección de control automático de la autopista.

Me dejó en el hotel que yo le indiqué, después de alzar las cejas en un respeto burlón al mencionar el nombre del establecimiento.

— El lugar más elegante de la ciudad. Se ve que ustedes viajan en primera clase.

Mi habitación era cómoda. Y cálida. Sin embargo, me sorprendió que el hotel no me hubiese dado una suite. Demasiada gente y no bastante espacio superficial, me dijo el conserje. Ordené que me trajesen ropas nuevas por el visófono; no mucho, sólo pantalones deportivos y una chaqueta, con los complementos necesarios.

La cena se parecía mucho al almuerzo, hasta que me di cuenta de que mi cuerpo seguía viviendo en la hora de Hawai. No tenía sueño ni siquiera a medianoche, así que estuve contemplando las películas de TV hasta que finalmente me sentí cansado.



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