
— Me imagino que eso será de alguna ayuda — dije.
— También pueden solicitar asistencia financiera del Gobierno. Claro, no conseguirán que declaren zona de desastre el Pacífico central, pero estoy seguro de que obtendrán alguna ayuda de buen número de departamentos gubernamentales.
— Comprendo — de pronto ya no quedó nada de qué hablar. Empecé a levantarme de mi silla -. Bueno, gracias por su amabilidad, doctor Rossman.
— Lamento haberle desilusionado.
— Mi padre será el que se desilusione.
Me acompañó hasta la puerta de su despacho.
— ¿Puede volver mañana? Le pondré en contacto con las personas que establecerán los acuerdos para que reciban las predicciones nada más hechas.
Asentí.
— Está bien. No tenía intención de marcharme hasta mañana por la tarde, de cualquier forma.
— Bueno. Haremos por ustedes cuanto podamos.
Recorrí el pasillo, crucé el despacho, ahora vacío, donde Ted y el doctor Barneveldt habían estado, y me dirigí hacia el vestíbulo. El edificio parecía ya completamente desierto y yo experimenté una terrible sensación de soledad.
Ted estaba tumbado en uno de los divanes del vestíbulo, ojeando una revista. Alzó los ojos y me miró.
— El doctor "Bee" se imaginó que no tendría usted transporte para que le trasladara a la ciudad. Es difícil conseguir un taxi a estas horas. ¿Quiere que le lleve?
— Gracias. ¿Va usted a Boston?
— Vivo en Cambridge, a la otra parte del río. Vamos.
