Por último, debo rendir mi homenaje más sincero a mi esposa Rosa. Ella no sólo robó tiempo a sus propios escritos para mecanografiar el manuscrito borrador, sino que me ofreció consejos y ayuda invalorables en la resolución de muchos puntos de la historia. Y todo esto mientras cuidaba de nuestros hilos y atendía la casa. Aún más, incluso comenzó a quejarse, cuando el tiempo se ponía malo, de que no hubiese en alguna parte un Ted Marrett trabajando con ahínco en ese problema.

Arlington, Massachusetts

Diciembre de 1966

I

EL PRIMER DIA

Conocí a Ted Marret en un día que empezó en Oahu. En febrero terminé con la universidad y mi padre me dio un despacho y un título en su Thornton Pacific Entreprises, Inc. Pero preferí la playa.

Mis tres hermanos y yo siempre nos levantábamos pronto; mi padre se cuidaba de que fuera así. Pero aquella mañana, cuando se fueron a la oficina, me escabullí ir a la playa y practicar un poco de "surf".

El oleaje era adecuado, la resaca creciente, el cielo brillante y casi sin nubes. No había nadie en la playa a esta hora del día, aunque ya sabía que unos cuantos de mis compañeros empezarían a llegar un poco más tarde. Al cabo de media hora de cabalgar sobre las grandes un golpe de mar lateral me arrancó del tablero y hundí, jadeando y luchando mientras toneladas de espumosa caían sobre mi cuerpo. Logré salir bien, arrastré mi tablero hasta la arena y me tendí bajo el sol la mañana para contemplar cómo las olas de tres metros se formaban, rizándose.

A los pocos minutos empecé a aburrirme, así que conecté el televisor portátil que me había llevado a la playa. Proyectaban una película del Oeste; ya la había visto, pero no estaba mal.

El teléfono de bolsillo de mi traje de baño zumbó. Me imaginé quién sería. Con toda seguridad lo supe cuando saqué el aparato, lo conecté y apareció el rostro de mi padre en la pequeña pantalla, con una expresión tan amenazadora como las nubes tormentosas que se amontonaban en las laderas de las montañas de la isla.



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