
— Si puedes apartarte de la playa, te necesito aquí, en el despacho.
— ¿Me necesitas?
Casi sonrió al ver mi sorpresa.
— Cierto. Tus hermanos no pueden resolvérmelo todo. Ven aquí en seguida.
— ¿No puedes esperar hasta después del almuerzo? Los de la pandilla vendrán y…
— Ahora — me corto, si no te importa.
Cuando mi padre utilizaba ese tono de voz, con aquella expresión de su rostro, era imposible seguir discutiendo. Dejé el tablero y la TV para que los muchachos la recogiesen y volví a casa. Después de una rápida ducha y de cambiarme de ropa, pedí un coche. A los cinco minutos cruzaba la carretera particular que iba desde nuestra casa ¡unto al mar hasta la autopista principal. Coloqué el vehículo en funcionamiento automático; no es porque hubiese ningún tráfico con el que apechugar; simplemente quería ver el final de la película del Oeste.
Llegué tarde. La película habla terminado y estaban dando un telediario. Otra tempestad azotó las explotaciones de Thornton Pacific, dijo animoso el locutor, y faltaban un par de hombres.
— Todos excepto dos de los ingenieros y técnicos están a salvo — esas fueron sus palabras. Lo que explicaba la expresión del rostro de mi padre.
¿Pero qué esperaba que hiciese yo?
Unos cuantos minutos en la autopista controlada eléctricamente y el coche se encontró ante el edificio de Thornton Pacific Enterprises. Mientras entraba en el amplio despacho de mi padre, con el suelo cubierto por una gruesa alfombra, le vi plantado junto a la ventana murmurando con tristeza al centelleante océano. Se volvió y me contempló con aquel aire suyo que parecía dolorido.
