
El cohete no era alto y esbelto, como los que se emplean para los vuelos espaciales. Era achaparrado y de aspecto pesado, con sus tanques propulsores de múltiple uso apiñados en torno al cuerpo principal. Casi doscientos pasajeros entraban en la cabina de cuatro pisos cuando mi helicoche se acercó a la zona de aterrizajes. A la otra parte del puerto podía ver el monumento "U. S. A. Arizona" y, más lejos, un remolcador traía las etapas vacías de un cohete, desde la zona de impacto.
Yo fui el último pasajero en subir. Había guías y azafatas en cada esquina para animarme a cruzar la rampa de acceso, subir por el ascensor, entrar en la cabina y ocupar uno de los sillones anatómicos.
El viaje del cohete era todavía bastante nuevo para que no hubiese mucha gente que prefiriera los reactores supersónicos, "seguros y convencionales", a los cohetes globales, "nuevos y peligrosos". Aun cuando los cohetes fuesen más baratos, enormemente más rápidos y en la actualidad más seguros que los reactores. Recuerdo haber preguntado a papá cuánta gente era tan espesa en su mentalidad.
Hay una gran diferencia entre lo que puedan hacer los ingenieros — me contestó- y lo que la gente se muestra dispuesta a aceptar, necesita tiempo para que el hombre medio cambie de actitud y se ajuste a una nueva idea… aun cuando la idea le ahorrará tiempo y dinero.
