
Recuerdo que mi padre decía eso con mucha claridad, porque los siguientes cuatro años de mi vida los pasé conviviendo exactamente con tal problema.
El vuelo por cohete era en realidad monótono: algo de presión y ruido en el despegue, unas cuantas sacudidas cuando se dejaban caer las primeras etapas vacías de combustible, un largo flotar sin peso y luego más presión apretando a uno contra el sillón al reentrar en la atmósfera. No había ventanillas en la cabina de pasajeros, pero se podían contemplar imágenes por TV del mundo exterior en la gran pantalla que quedaba encima de cada sillón. La gente a mi alrededor se quedó boquiabierta al ver una imagen en color de la Tierra, el azul curvo y salpicado con sorprendentes nubes blancas, o una vista de las estrellas sobre la Luna. Algunos incluso pretendían ver el puntito luminoso en donde estaba situada la Base Lunar
Yo todo esto lo conocía ya, así que me entretuve contemplando las películas de TV
Las cámaras exteriores se cortaron cuando se inició la reentrada. ¡Era inútil asustar a los pasajeros con imágenes de un aire rojo o del calor envolviendo al navío! Cuando terminó la película policíaca de mi pantalla, el rugido apagado de los retrocohetes y nos posamos en una zona especial del campo de aviación.
Fuera hacía calor y humedad. Uno de los empleados de la sección de reservas de Thornton Aerospace se abrió paso ante la multitud de la base del cohete y me entregó un carrete de cinta. Se trataba de un mensaje de mi padre. Le di las gracias y le pedí instrucciones para alcanzar el tren Nueva York-Boston. Me acompañó hasta la acera rodante adecuada.
Mientras subía en dicha faja en movimiento que se perdía a lo lelos dentro del edificio terminal, saqué mi teléfono de bolsillo y coloqué la cinta en el lugar indicado. Me puse el auricular y pude oír como mi padre me decía:
