
James suspiró y se alejó del acantilado que daba al valle Poe, una adorable extensión de verde ondulante, salpicada con árboles de arce y lima divididos por antiguos cercos. El valle Poe estaba protegido por todos sus lados por las bajas colinas Trelow; James siempre creía que algunas de esas extensas colinas redondeadas eran antiguos túmulos. Él y Jason habían construido incontables aventuras acerca de los posibles habitantes de esos túmulos; a Jason siempre le había gustado ser el guerrero que vestía pieles de oso, pintaba su rostro de azul y comía carne cruda. En cuanto a James, él era el chamán que movía sus dedos y hacía que el humo subiera en espiral hacia el cielo, y hacía llover llamas sobre los guerreros.
James dio un paso atrás del borde. Una vez había caído de ese acantilado porque él y Jason habían estado luchando con espadas, y Jason había aplastado su empuñadura contra la garganta de James, y James se había agarrado del cuello y se había sacudido; todo drama y nada de estilo, le había dicho Jason más tarde. Había perdido el pie y se había desplomado por la colina, con los gritos de su hermano maldiciendo. “Estúpido y condenado llorón, ¡no te atrevas a matarte! ¡Fue sólo una herida en el cuello!”
Él había reído aun mientras aterrizaba. Fuerte. Pero gracias a Dios había sobrevivido con sólo una masa de moretones en su rostro y costillas, lo cual había logrado que su tía Melissande, que había estado visitando Northcliffe Hall, chillara mientras le pasaba las manos por el rostro. “Oh, mi querido muchacho, debes cuidar de tu exquisito y perfecto rostro, y yo debería saberlo, ya que es el mío.” Y su padre, el conde, había dicho a los cielos, “¿Cómo puede haber sucedido una cosa semejante?”
Era verdad. James y Jason eran la imagen de su gloriosa tía Melissande, ni un solo cabello rojizo de la cabeza de su madre ni un ojo oscuro de su padre. Todos sus rasgos eran de su tía Melissande, lo cual no tenía sentido para nadie. Excepto su tamaño, gracias a Dios. Ambos eran casi del tamaño de su padre, y eso lo complacía excesivamente. Su madre en realidad había dicho algo al efecto de que, “Un niño debería ser casi tan grande como su padre y casi tan inteligente; es lo que todos los padres desean. Posiblemente también las madres.” Y sus muchachos la habían mirado parpadeando y habían asentido.
