James había oído un rumor muchos años atrás, de que su padre había querido casarse con su tía Melissande, y que lo hubiese hecho, si no hubiese sido por su tío Tony, quien se la había robado. James no podía imaginar tal cosa. No que su tío Tony la hubiese robado, sino que su tía Melissande no hubiese preferido a su padre. Su madre había entrado en la brecha, afortunadamente para James y Jason, quienes, aunque encontraban a su tía muy interesante, amaban muchísimo a su madre. Afortunadamente, tenían el cerebro de los Sherbrooke. Su padre se los había dicho muchas veces, “El cerebro es más importante que sus condenados hermosos rostros. Si uno de ustedes olvida eso alguna vez, lo aporrearé hasta el cansancio.”

“Ah, pero sus hermosos rostros son extraordinariamente masculinos,” se había apresurado a agregar su madre, y había palmeado a ambos.

James estaba sonriendo ante ese recuerdo cuando oyó un grito y giró para ver a Corrie Tybourne-Barrett, una molestia que había estado en su vida casi tanto tiempo como llevaba en la suya, montando como un muchacho, con más agallas que cerebro, subiendo la colina, llevando a su yegua Darlene a una abrupta parada a no más de medio metro del borde del acantilado y a sólo treinta centímetros de él. Había que reconocérselo, James ni siquiera se movió. La miró, tan enojado que quería arrojarla al suelo. Pero se las arregló para decir en un tono bastante calmo:

– Eso fue estúpido. Llovió ayer y el suelo no está muy firme. Ya no tienes diez años, Corrie. Debes dejar de comportarte como un muchacho con lodo entre las orejas. Ahora haz retroceder a Darlene, despacio y con calma. Si no estás preocupada por matarte, podrías querer pensar en tu yegua.



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