
– Tu padre, para empezar.
– Imposible. Mi padre me enseñó a montar. Monto tan bien como él, probablemente mejor ahora que él está envejeciendo.
Corrie le ofreció una sonrisa beatífica.
– Tu padre también me enseñó a montar. Y no es para nada viejo. Lo que es, es muy apuesto y pícaro… oí a la tía Maybella diciéndole eso a su amiga, la señora Hubbard.
Eso casi lo hizo vomitar. En cuanto a su modo de montar, James recordaba ver a la niña sentada orgullosamente junto a su padre, esperando cada palabra suya. Recordaba sentir una puñalada de celos. Era malo, especialmente porque tanto el padre como la madre de Corrie habían sido asesinados en un disturbio justo después de la derrota de Napoleón en Waterloo. Fue un accidente desafortunado que sucedió durante una visita oficial del padre de Corrie, el enviado diplomático Benjamin Tybourne-Barrett, vizconde Plessante, a París para discutir la segunda restauración de los Borbones con Talleyrand y Fouché.
Talleyrand se había ocupado de que Corrie, quien no llegaba a los tres años, fuera enviada de regreso a Inglaterra con la hermana de su madre en compañía de la desconsolada doncella de su madre muerta, y seis soldados Franceses, quienes no fueron tratados afectuosamente.
Cuando James finalmente trajo su mente de regreso, fue para oírla decir:
– Y mi tío tendrá ataques intentando decidir qué caballero es lo suficientemente bueno para mí. Podré elegir, sabes, y ese hombre inmensamente afortunado será fuerte, apuesto y muy rico, y en nada parecido a ti, James. -Otra mueca de desdén, esta muy refinada, tenía la intención hacerlo estremecer de furia. -Sólo mira tus pestañas, todas espesas y sobresaliendo unos dos centímetros enteros, como el abanico de una dama española. Incluso con una pequeña curva en las puntas. Sí, tienes las pestañas de una niña.
Él tenía sólo diez años cuando su madre había inventado la respuesta adecuada para él, así que entonces sonrió y dijo tranquilamente:
