Ella clavó sus dedos contra su pecho.

– Está todo aquí, aplastado. Pero cuando los des-aplaste y los enmarque en satén y encaje, una docena de caballeros muy probablemente se desvanezca.

Él probó una de las muecas de Corrie y descubrió que le quedaba bastante bien.

– Sólo en tus tontos sueños serás capaz de des-aplastar tanto. Buen Dios, estoy imaginando una tabla con nudos.

– ¿Una tabla con nudos? Eso es muy malvado de tu parte, James.

– Muy bien, tienes razón. Me disculpo. Lo que debería haber dicho es que pensar en tu pecho des-aplastado aturde mi mente.

– No hay nada más que agua estancada en tu mente. -Ella se enderezó, echó atrás sus hombros, sacó pecho y dijo: -Mi tía Maybella me aseguró que eso sucederá.

Como James había conocido a Maybella Ambrose, Lady Montague, prácticamente desde su nacimiento, no creyó en eso por un instante.

– ¿Qué dijo en realidad?

– Muy bien, la tía Maybella dijo algo acerca de que cuando fuera acicalada apropiadamente no debería avergonzarlos. Siempre y cuando vista azul, como ella.

– Eso suena mejor.

– No me desaires con tus insultos, James Sherbrooke. Conoces a mi tía, es una dama de auténtica modestia. Lo que realmente quiere decir es que los derribaré en la calle cuando pase en mi propio carruaje, sosteniendo, quizás, un caniche en mi falda.

– El único modo en que derribarías a los caballeros sería si estuvieses conduciendo.

Era un insulto sustancioso. Sacudiendo su puño frente al rostro de él, ella le gritó:

– ¡Escúchame, cabeza de bacalao! Monto tan bien como tú, quizá mejor. He oído que lo comentaban muchas veces… Soy mejor.

Eso era tan patentemente absurdo que James sólo puso en blanco sus propios ojos.

– Muy bien, nombra una persona que haya comentado eso.



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