
Y volvieron a cerrar la puerta dejando a los presos donde estaban. El cabo primero no se atrevió a levantar la vista del suelo. Estar preso podía ser, y así fue, su salvación.
Hubo silencios desparramados en un tiempo lento pero breve, porque empezaron a llegar prisioneros a aquel sótano con la cadencia con la que mana el agua en los manantiales.
El capitán Alegría fue inventariando aquel acopio de derrotados a medida que los acarreaban al sótano de la Capitanía General hasta que reconoció a uno de los prisioneros: era el hombre que le había acompañado aquella madrugada desde la Dehesa de la Villa hasta el Hospital General de Cuatro Caminos. Su hombro vendado, del que pendía un brazo inerte, y un gesto de dolor desesperado eran lo único familiar en aquel redil de sombras. Alegría buscó su proximidad y le preguntó si le dolía. Nada más formular la pregunta es probable que sintiera un pudor adolescente: un hombro destrozado y una derrota siempre duelen.
— ¿Puedo ayudarte?
— ¡Coño! ¡El rendido!
Aquella frase espontánea reconociendo su situación real debió de producirle cierta satisfacción, porque, según nos ha contado el herido, que sobrevivió gracias a que le estaban amputando el brazo el mismo día en que iban a condenarle a muerte, se limitó a decir «gracias» y se dio media vuelta buscando el vacío. Por fin era lo que había decidido ser: su propio enemigo.
Un aluvión de presos infestó aquel sótano y fueron incorporándose asombros nuevos, miedos diversos, resignaciones diferentes. Cuando, al cabo de tres días, el aire se hizo irrespirable, comenzaron a trasladar presos. Del periplo de Alegría desde aquel sótano al pelotón de fusilamiento tenemos sólo datos imprecisos.
