Ruidos de puertas, cerrojos, aldabas y otras urgencias sacaron al capitán Alegría del reducto de su memoria. La puerta de aquel sótano se abrió y un oficial escoltado por tres soldados se sorprendió al comprobar que aún quedaba alguien en aquel edificio abandonado.

— ¿Y vosotros? ¿Qué estáis haciendo aquí?

Esta pregunta la presuponemos, porque nuestro testigo, el enteco cabo primero, debió de obviar en su relato cierta sumisión («yo, al cabo de tanta guerra, ya no iba ni con unos ni con otros», nos dijo) pero sí recordaba la insistencia de nuestro protagonista en su cualidad de rendido.

— ¿A quién se ha rendido, capitán?

— Al ejército republicano.

— ¿Cuándo?

— Esta mañana, mi coronel.

El coronel se volvió hacia sus escoltas para verificar que era cierto lo que acababa de oír. Los escoltas no movieron ni una ceja. Las situaciones insólitas, en el ejército, debe resolverlas el mando.

Le pidió la cartilla militar, que ojeó con cierta incredulidad buscando una explicación reflejada en aquel documento que, al fin y al cabo, sólo consignaba su nombre, graduación y su breve historial en el ejército. Se la guardó en el bolsillo de la pechera y, más estupefacto que agresivo, preguntó:

— ¿De verdad se ha rendido esta mañana?

— Sí, mi coronel, me he rendido esta mañana.

— Tú eres un imbécil y un traidor. Serás juzgado por esto.



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