
Estaba anocheciendo.
Aquí comienza una peripecia de Alegría de la que apenas sabemos los detalles, porque, aunque a veces toleró hablar de lo ocurrido antes de su resurrección, raramente consistió en contarle a nadie cómo llegó desde Arganda del Rey hasta La Acebeda, un pueblo de montaña que está en la vertiente sur del alto de Somosierra. Granito, jara y montaña rodean este pueblo de adobe y pizarra aletargado bajo la nieve durante todo el invierno y que se desparrama en labores como el cantueso cuando llegan las primeras templanzas de la primavera.
En alguna ocasión comentó a uno de sus carceleros que, excepto los animales, todos huían de él, escapaban al ver que aquel hombre sucio, macilento, con el dolor cristalizado en su mirada, estaba vivo. Eran tiempos aquéllos en que sólo los muertos no asustaban.
En los campos de La Acebeda le encontraron, exhausto y agonizando, unos labriegos que, al principio, le creyeron muerto, pero cuando decidieron descalzarle para hacerse con las botas del cadáver, oyeron cómo aquella cabeza ensangrentada pedía agua. Iba vestido con el uniforme del ejército que acababa de ganar la guerra y tiritaba con estertores de vencido.
Ahora sabemos que se consideraron varias alternativas, desde enterrarle vivo porque a saber quién le había disparado, hasta dejarle morir entre la jara y, después de muerto, informar a las autoridades del hallazgo. Pero una anciana resoluta decidió darle el agua que pedía y limpiarle la cara con su refajo.
«Todos somos hijos de Dios, hasta éstos», dijo. Comenzó así una sucesión de atenciones al herido que se prolongó durante tres días y logró mantener vivo a aquel muerto. Todo se conjuraba para que le resultara imposible abdicar de la vida como se abdica de un sueño al despertar.
