Le mantuvieron allí, entre la jara, en parte por miedo y en parte para evitar el riesgo de que muriera en el traslado. Trataron la herida con inútiles ungüentos, le abrigaron con una manta y le proporcionaron agua y un poco de alimento. Hoy sabemos que, en los tiempos que corrían, todo aquello fue un derroche de misericordia que Alegría agradeció evitando mencionar sus nombres.

Que alguien se acercara a.un hombre agusanado, pastoso de excrementos y de sangre, levantase su cabeza y pusiera agua en sus labios suavemente, dosificase a cucharadas sopicaldos digeribles por los muertos y pronunciara alguna frase de consuelo, todo aquello, pensó, era señal de que algo humano había sobrevivido a los estragos de la guerra. De no haber sido por las grietas de sus labios resecos, Alegría habría sonreído. Así lo contó y así lo reflejamos.

Y también contó a los enfermeros que velaron por él en las prisiones donde estuvo más tarde que, mientras estuvo allí tendido, desoyendo las llamadas de la tierra que reclamaba lo que es suyo, no era el temor a la muerte lo que más le torturaba sino el pudor de que le vieran tan podrido, la vergüenza de que olieran su aliento nauseabundo o de que sus samaritanos se mancharan con la podre que segregaban sus heridas. Se tapaba con la manta cuando iban a llevarle el alimento y no permitía que nadie se acercara. Ahora pensamos que era, también, una forma de no dar explicaciones.

El cuarto día amaneció deshecho en nieblas y la manta tan salpicada de rocío que la fiebre no se apiadó ni de sus huesos. Quería morir en Huérmeces y la vida se le quedaba a jirones en aquellos parajes tan hostiles.



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